miércoles, 23 de octubre de 2013

Sondra



Por Laura de la Rosa.


La mujer, muy distinta a ella, apareció en su casa, tenía la mirada vidriosa, y unos papeles en la mano. Al acercarse a la puerta respiró hondo, como si fuera a tomar impulso para despegar a un estado desconocido.
Dos fueron los golpes, certeros, en el centro de esa masa de madera rústica que la separaba del mundo. Cuando Sondra abrió, y la miró a los ojos, supo que algo importante iba a pasarle.
La mujer sin mediar saludo comenzó a relatar su historia, los papeles que le mostraba desde el umbral daban cuenta de cada una de sus palabras. Estaba nerviosa y tenía la voz entrecortada. Con una catarata de emociones recorrió los últimos seis años de su vida. Acompañó sus dichos con llantos apagados. Con desilusión y momentos de mucha ira.
Fotos de viajes, traía consigo, una libreta roja con letras doradas y la leyenda: registro civil. La partida de nacimiento de varios niños donde estaba su nombre completo y su DNI, era legal, eran sus hijos. El contrato de alquiler de una casa y cartas de amor, muchas cartas de amor.
La historia cada vez le resultaba más triste. Sondra permanecía en silencio, no sabía si llorar, no porque sintiera deseos de hacerlo, sino al menos para hacerle compañía a esa mujer que no entendía lo que pasaba y sufría verdaderamente.
La invitó a entrar. Su casa por lo que pudo saber, era muy distinta. La mujer tomó un vaso de agua y se quiso retirar, Sondra intentó retenerla pero fue imposible. Tomó sus papeles, los colocó en una cartera negra que traía y se fue.
Tenía un andar pausado, era la imagen de la derrota y el fracaso. Se fue sabiendo que lo que había sido el proyecto de su vida se terminaba con una verdad. Lo que había imaginado como el perfecto estado era parte de una orquestada mentira.

Sondra repasó las palabras que ella le dijo, una a una, recordó cada parte del relato. Y pensó en su vida. En los últimos años.
Todo había sido igual. No hubo grandes cambios. Él siempre había sido el mismo ser frío que conoció hacía quince años. Sintió tristeza, el hombre que esa mujer relató era muy distinto del que ella conocía. Quizás será por eso que ante la misma noticia, esa joven sufría tanto y ella sin embargo aún no podía reconocer sus sentimientos.
Nunca había siquiera sospechado que podía tener una doble vida. Nunca había siquiera sospechado que no tenía una vida feliz.
Se sentó frente a la ventana a esperar que él regresara, y meditó sobre el futuro. Debería prepararle ya la valija, no podía permanecer una noche más en esa casa. Y también llamar al abogado. Debía darle los datos de la mujer, el número de contacto y arbitrar los medios para realizar el divorcio a la brevedad. Tenía también que cambiar la clave de las cuentas, no sea cosa que él, quisiera dejarla en la calle.
Y pensar en lo que la gente iba a decir, debía tratar de evitar el escándalo. Eso debían conversarlo. Ver la manera de decir que había sido una separación de mutuo acuerdo y que no se supiera de su doble vida.
Tratar de evitar el bochorno y el escarnio público. La gente se iba a hacer un festín con esta historia.
Quiso hacer memoria del pasado, buscando algo, una señal, lo evidente eran sus reiterados viajes, una semana en casa y una semana fuera. Esa era el principal indicador, pero posible en la vida de un hombre de negocios como él. Pero nada más. Nunca una llamada sospechosa, nunca una frase equivocada. Siempre el marido ejemplar. Que cumple en el hogar, que acompaña en los eventos sociales, que no se olvida de una fiesta de cumpleaños, que puede estar en todos los detalles. Nunca un esposo romántico como parece fue con ella pero sí un hombre que estaba presente.
No recuerda las horas que pasaron, pero más de las habituales y él no llegaba, intuyó entonces que ya se había enterado que ambas sabían la verdad.
Cuando lo vio atravesar la entrada de la casa, se dio cuenta que no era el mismo, su andar se encontraba vencido, su porte alejado del de ese hombre que todo lo sabe y todo lo puede, era el vivo ejemplo de la decadencia. El que caminaba hacia la puerta era un reflejo del marido que solía regresar a casa.
Cuando ingresó se cruzaron las miradas, él tenía los ojos hinchados, se notaba que había estado llorando. Su imagen de repente la llevó al pasado y ahí descubrió que en algún momento hubo un cambio. Algunos años atrás, cinco o seis, luego de la conocida crisis de los siete años de matrimonio, cuando las cosas parecían que se iban a terminar él volvió una tarde con ganas de renovar la pareja. Fue cuando vendieron la casa y se mudaron al country. Fue cuando sus ausencias lo traían más feliz, fue cuando recuperaron el amor. Quizás coincidió cuando conoció a esta mujer. Después todo se convirtió en rutina.
Hoy por fin conoció su verdadero rostro, él estaba sufriendo, ella no, o aún tenía que descubrirlo.
Mientras él se sentaba en el sillón del living a la espera del reproche, ella miró el reloj de la pared, sirvió dos vasos de whisky y se sentó enfrente. La noche iba a ser larga, tenía que llegar el abogado, sería mejor que bebieran y esperaran.


1 comentario:

  1. Muy bueno, Laura.
    Todo un drama, que la protagonista afronta con la frente bien en alto, como corresponde (aunque se deja traslucir en tus letras que no la tendrá fácil cuando caiga, de verdad, en lo que le está tocando sufrir).
    El cierre del relato, abierto, ahonda aún más todo lo dramático leído hasta allí.
    Me gustó mucho, che.
    ¡Saludos!

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